In Memoriam

miércoles, 28 de marzo de 2007

Por xicu41 @ 0:17


HeeresKüstenBatterie Merville
(H.K.B. 1./AR 1716)


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Las operaciones aerotransportadas son siempre muy arriesgadas: para que tengan éxito, las tropas empleadas deben ser altamente profesionales, los preparativos necesariamente complejos y la coordinación muy precisa. Si un asalto comienza mal, sus protagonistas pueden pagar con sus vidas. En consecuencia, al principio de una misión uno de los factores más valiosos es la capacidad de realizar rectificaciones y ajustes sobre la marcha. Aunque los hombres del 9th Bn Parachute Reg (9° Para.) no habían basado su plan de acción durante el Día-D en esos términos debieron introducir alteraciones a partir de las 02:30 horas del 6 de
junio de 1944.
A las 01,00 horas de ese día comenzó la invasión aliada de Europa. La historia de la Operación Overlord y del propio Día D es bien conocida, pero que mucha gente no sabe es hasta qué extremo estuvieron a punto de fracasar algunas de las acciones previstas para ese día. El asalto del 9º Para contra la batería alemana de Merville y el del 2º Rangers contra la de Pointe du Hoc son dos de las acciones de más mérito de los desembarcos en Normandia. El 9° Para, formaba parte de la 3rd Para Brigade ( 6th Airborne Division ). Mandada por el Brigadier James Hill, antiguo comandante del 1º Para y combatiente en el norte de África, la tarea de la brigada era, si se quiere, bastante sencilla: cerrar el flanco izquierdo de las playas de desembarco mediante la destrucción de los puentes sobre el río Díves y sus afluentes a fin de que los alemanes no pudiesen enviar refuerzos, y anular la batería alemana de Merville. Esta suponía una de las mayores amenazas para los desembarcos británicos en las playas Sword, Juno y Gold, a sólo 8km al Oeste. Sus cuatro cañones de grueso calibre, protegidos bajo 2 m de hormigón, podían abatir los buques en el mar, los lanchones mientras se aproximaban a la costa o los hombres, carros y vehículos cuando llegasen a las playas. La misión de tomar la batería y destruir sus piezas fue encomendada al 9º Para., mandado por el Lt Col Terence Otway.



Señalizadores de la 3rd Parachute Brigade reciben instrucciones


Un perfeccionista, Terence Otway no era de aquellos hombres por los que se pudiese sentir afecto, pero en cambio era de quienes se ganaban el respeto de sus subordinados y mandos superiores.
Como Hill, Otway era el arquetipo de comandante de unidades aerotransportadas, duro, enérgico, capaz de generar violencia y de inspirar a los demás para que hiciesen otro tanto, e incapaz de aceptar la derrota a menos que todo estuviese realmente perdido. Recibió sus órdenes el 2 de abril de 1944, de modo que sólo tenía dos meses para planificar la operación.
La batería de Merville consistía, o al menos eso se pensaba, en cuatro cañones de 150 mm (en realidad después se comprobó que eran de 100 mm) protegidos por unas casamatas de hormigón prácticamente inexpugnables. La RAF no habla conseguido nada con sus bombardeos de precisión desde gran altura, de modo que a Otway se le dio carta blanca para preparar el ataque y planificar la operación. Las fotografías aéreas y la información suministrada por la resistencia francesa evidenciaban que la batería de Merville era un hueso muy duro de roer.
Otway localizó unos terrenos de labranza cerca de Newbury, en el valle del Támesis, muy parecidos al área que rodeaba a la batería, pidió utilizarlos y convertirlos en una réplica a escala real del objetivo. Para ello debían conseguirse los permisos de por lo menos siete ministerios del gobierno y eso, que parecía imposible, se logro en apenas 48 horas.
Tanto para Otway como para el general Hill la planificación detallada de la operación tenía gran importancia. En las casamatas, la guarnición alemana, de unos 160 hombres, disponía de 20 ametralladoras, tres cañones Flak de 20 mm y estaba rodeada de densas alambradas, todo ello emplazado con sectores de tiro cruzados. Los alemanes habían dispuesto algunas de las armas apuntando hacia tierra firme por si se producía un ataque por la retaguardia. Para complicar más aún los problemas del 9° Para., la batería estaba rodeada por una cerca, en cuyo interior se hallaba un campo minado de 100 m de anchura y, hacia las casamatas, una barrera de alambre de espino de 5 m de anchura y 1,5 m de altura, cubierta por las ametralladoras.



Paracaidistas cerca de Ranville
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Finalmente, gran parte del terreno circundante era llano y, aparte de unos grupos de árboles frutales, despejado. Cualquier ataque directo podía ser detectado antes incluso de que los agresores se aproximasen a las minas y alambradas.
Estas defensas tan bien preparadas obligaban a descartar cualquier ataque por sorpresa desde el aire. En vez de ello, Otway elaboró un plan muy complejo que implicaba el empleo de once grupos de paracaidistas y zapadores del 591. Escuadrón Paracaidista de los Reales Ingenieros. La mayoría de estos grupos se lanzarían en paracaídas a cierta distancia de la batería; para conservar el factor sorpresa, mientras que otros aterrizarían en planeadores cargados con el equipo pesado, al tiempo que unos terceros tomarían tierra en la propia batería.
El plan de Otway empezaría con el lanzamiento en paracaídas de los grupos de señalizadores y reconocimiento. El primero debería señalizar las zonas de salto (LZ), explorar los accesos hacia el punto de reunión principal del batallón y la propia batería y el segundo debería aproximarse al objetivo y seleccionar los puntos más idóneos para el ataque. Mientras hacían esto, unos 400 bombarderos Lancaster de la RAF atacarían la batería con bombas de alto explosivo, tanto para distraer a sus ocupantes como para intentar destruir algunas de las defensas. Simultáneamente, once planeadores aterrizarían cerca del punto de reunión principal con todo el equipo pesado y de zapadores para el asalto. Al mismo tiempo los Royal Engineers debían llegar en paracaídas y marcar pasos a través del campo de minas, que habrían limpiado con detectores.
El resto del batallón se agruparía a unos 300 m al sureste de la batería, desde donde debería lanzar el ataque.



Major-General Richard N. Gale
6th Airborne Division

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Tres secciones encabezarían el asalto, con los torpedos Bengalore para abrir pasos entre las alambradas, y a continuación debían avanzar las Compañías de Asalto y de Reserva hacia los cañones, apoyadas por dos grupos separados de francotiradores Al mismo tiempo se montaría un ataque de diversión contra la entrada principal, que miraba al Norte, y tres planeadores Horsa Mk II con 58 paracaidistas y zapadores voluntarios aterrizarían en la propia batería exactamente las 04,30 horas. Este aterrizaje sería la señal de comienzo del ataque principal.
Si la operación fracasaba, Otway había acordado que el HMS Arethusa comenzase a cañonear el objetivo a las 08:30 horas. Por el contrario, si tenía éxito se lanzarían bengalas amarillas y lo que quedase del batallón podría dedicarse a sus objetivos secundarios.
Tuvieron lugar nueve ensayos generales del ataque, cuatro de ellos de noche y todos con fuego real, y a continuación cinco días de reuniones en los que cada hombre aprendió de memoria las características del objetivo.
El batallón despegó a las 23,10 horas del 5 de junio de 1944, si bien los 11 planeadores pesados lo habían hecho un poco antes. El vuelo, a pesar del mal tiempo que había obligado a posponer 24 horas la operación «Overlord», fue bien. Pero las cosas comenzaron a torcerse unos 4 minutos antes de llegar a la zona de salto. Para empezar, los alemanes habían inundado los terrenos bajos que circundaban los ríos Dives y Orne, de modo que resultaba muy difícil para las tripulaciones de los Dakota, cuando no imposible, localizar las áreas de lanzamiento previstas. A continuación la artillería antiaérea comenzó a hacer fuego y los transportes Dakota del 46° Grupo de la RAF empezaron a zigzaguear a fin de impedir que fuesen derribados con todo su «pasaje» a bordo. Estos pasajeros no lo estaban pasando bien. Cargados con 40 kg de armas y pertrechos, y con los 15 kg de los paracaídas, les resultaba muy difícil mantener la verticalidad. Otros, menos afortunados, cayeron accidentalmente antes de tiempo mientras aguardaban junto a las puertas de salto a que se encendiese la luz verde.





Otway saltó correctamente, comenzó a descender entre el fuego antiaéreo y comprendió que iba a caer cerca de la zona prevista. En realidad, se dirigía directamente hacia un cuartel general alemán, que reconoció inmediatamente. El y otro hombre fueron a caer cerca del edificio y se convirtieron en el objetivo de una descarga cerrada de fuego de pistola. El soldado que acompañaba a Otway lanzó una piedra a través de una ventana y, cuando los oficiales alemanes pusieron cuerpo a tierra pensando que aquello era una granada, los dos hombres se alejaron a la carrera. En ese momento, el ruido de cristales rotos delató la caída del ayudante de Otway en el invernadero que había detrás del edificio. Milagrosamente, ese hombre conseguiría reunirse con Otway en el punto de agrupamiento. Las cosas parecían ir muy mal. Cuando llegó a la zona de reunión, Otway comprobó que se estaban cumpliendo sus perspectivas más pesimistas. Las partidas de Reconocimiento de la Batería y de Control de Reunión habían llegado sanas y salvas, pero no las demás, y los bombarderos de la RAF habían errado el objetivo. Este era el informe cursado por Otway:
«A las 0250 horas, los efectivos del batallón eran 150 hombres y sólo 20 torpedos Bengalore. Cada compañía tenía aproximadamente 30 hombres. No teníamos morteros de 76 mm; una única ametralladora; la mitad de uno de los grupos de francotiradores; ningún cañón de 57 mm; tampoco jeeps, remolques ni material pesado; ni un solo zapador; ninguna ambulancia, pero sí seis asistentes sanitarios; ningún detector de minas; habíamos perdido el jefe de una compañía. »
Pero Otway no se arredó y decidió seguir. De hecho, los planeadores habían aterrizado en una zona equivocada. Las nubes bajas y el humo creado por los bombardeos habían ocultado los puntos de referencia e impedido una navegación correcta. Incapaces de hallar su zona de aterrizaje, decidieron posarse por separado e intentar reunirse con el batallón por sus propios medios.






Así, Otway no podría contar con los hombres y el material que transportaban esos planeadores, ni con el resto de la división, hasta el amanecer.
Como el tiempo pasaba y no sabía nada nuevo acerca de los planeadores, Otway envió la Compañía A hacia el punto de reunión principal, seguida por la reducida unidad de plana y el resto del batallón, que se encontraron con la partida de Reconocimiento de la Batería en el área de reunión. Esta partida había cruzado la cerca exterior y se había apostado junto al campo minado para controlar las idas y venidas de los alemanes en las defensas. La Partida de Señalización había llegado sin sus marcas blancas pero con los tacones de las botas marcó los corredores en el campo minado. Después de todo, las cosas no iban tan mal. Otway sopesó la situación y ordenó una reorganización completa de sus reducidas fuerzas. La Compañía B, dividida en dos grupos, debería forzar el perímetro mientras las Compañías A y C, desplegadas en cuatro equipos de 12 hombres, se encargarían de los cañones. Un grupo de seis hombres mandados por un sargento llevaría a cabo el ataque de diversión, pero cuando éste comenzó los alemanes abrieron fuego con diez ametralladoras. La única Vickers de 7,7 mm del batallón respondió eficazmente y consiguió silenciar tres de ellas, mientras el grueso de diversión hacía lo propio con otras tres mediante sus Bren y fusiles. Mientras este tiroteo tenía lugar aparecieron sobre la batería dos de los tres planeadores de asalto, en el momento preciso, pero la suerte se había olvidado de nuevo del batallón. La radiobaliza portátil que debía guiar a los planeadores (bautizada Eureka) estaba equipada con una carga de autodestrucción por si caía en manos de los alemanes. En este caso, la radiobaliza había decidido explosionar nada más tocar tierra, hiriendo de gravedad al hombre que la llevaba. Existía una solución alternativa, disparar proyectiles iluminantes con un mortero de 50 mm, pero el batallón no tenía ahora ninguno. El 9° Para, observaba, impotente, cómo los planeadores orbitaban sobre la batería buscando, a través del humo y el polvo, una señal para tomar tierra y recibían un terrorífico fuego de armas ligeras.



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Finalmente consiguieron posarse a unos 6 km y sin víctimas, aunque el planeador pilotado por el sargento Kerr tuvo un aterrizaje algo accidentado. Kerr llevaba a bordo cuatro hombres heridos y el planeador dejaba tras de sí una estela de humo debida a la munición trazadora alemana cuando divisó la batería y se aproximó. Se dirigió directamente hacia ella, pero cuando las ruedas
habían hecho ya contacto Kerr vio fugazmente entre el humo un cartel que rezaba “Minen”, tiró de la palanca, el planeador retomó altura y consiguió aterrizar más allá, en una plantación de frutales que se encargaron de desgajar las alas del avión. Cuando los aturdidos supervivientes salieron de su planeador en llamas se encontraron de frente con una sección alemana que acudía a reforzar la batería. La batalla de cuatro horas librada entre estos hombres junto a los restos del planeador sirvió para que la gente de Otway no fuese molestada por ese grupo de alemanes. A la vista de que acababa de esfumarse su última posibilidad de recibir material pesado, Otway ordenó que empezase el ataque: ¡Todos a una, acabemos con esa maldita batería! Uno de los oficiales del batallón tocó a carga con su cuerno de caza y las partidas de ruptura comenzaron a eliminar las alambradas con los Bangalore. El resto avanzó a través de los corredores en el campo minado y algunos se hirieron al caer sobre un trecho de alambrada aún en pie.
Los cuatro equipos de asalto se abrieron paso con sus fusiles y subfusiles hacia los cañones. Otway había ordenado que cada paracaidista pintase una calavera y unas tibias cruzadas muy vistosas en las chaquetas que llevaban bajo sus blusones Denison. Estos emblemas, junto a rostros tiznados de los hombres y sus cascos miméticos sirvieron para confundir y paralizar al enemigo.
Aunque el combate duró sólo unos minutos, el final fue brutal y sin cuartel por ambos bandos. En los emplazamientos de los cañones y en los corredores subterráneos se libraron choques cuerpo a cuerpo. Las galerías subterráneas se limpiaron a base de granadas, subfusiles y bayonetas.







En una de ellas, una granada hizo explosionar la munición de una pieza y murió uno de los atacantes, pero el combate prosiguió. Todo acabó repentinamente. Uno de los defensores vio la calavera de uno de los británicos y gritó “Fallschirmjágern” (paracaidistas) antes de entregarse. Otros hombres le oyeron y en cuestión de minutos todo el mundo se había rendido. Otway andaba en torno a la batería para reorganizar a sus hombres cuando se le comunicó que los cañones habían sido destruidos.
Sin material pesado de demolición, los paracaidistas habían usado bombas Gammon, una especie de granada contracarro, para acabar con tres de ellos, mientras que el cuarto fue destruido al hacerle disparar dos proyectiles simultáneamente.
A las 05,00 horas Otway ordenó que se lanzase una bengala amarilla, justo media hora antes de que el HMS Arethusa comenzase a cañonear la que suponía era una posición inexpugnable. Habían pasado cuatro horas desde que el 9. Para, comenzase a saltar de sus transportes Dakota. Ese batallón de 635 mandos y soldados había quedado reducido a unos 80 útiles para el ataque, en el que habían resultado muertos o heridos unos 65.
Otway ordenó que los heridos quedasen al cuidado del oficial médico, y él y los supervivientes se dirigieron hacia su objetivo secundario, las tierras altas cercanas al pueblo de Le Plein, hacia el sur. Por el camino encontraron a un francés, quien les advirtió que unos 200 alemanes, (de hecho, reclutas de origen soviético) defendían el cháteau de la población de Hauger, que estaba cerca de allí. Otway era consciente de que sus reducidos efectivos no bastaban para atacar ese punto fuerte, de modo que dispersó sus hombres en posiciones defensivas alrededor de éste diez metros uno de otro, de forma que nadie procedente del castillo o de más al Este pudiese pasar hacia las playas. A medida que llegaban más paracaidistas extraviados, el 9° Para fue completando sus unidades durante el Día D antes de ser enviado a librar una de las batallas más duras de toda la campaña de Normandia, la pugna por Breville.





El éxito del 9° Para, en la toma de la batería de Merville no debe ser subestimado. Normalmente, cuando los defensores están bien equipados y parapetados se necesita para derrotarlos una superioridad numérica de tres a uno. El ataque debe estar bien planeado, los hombres convenientemente pertrechados y el elemento sorpresa debe mantenerse hasta el último momento posible. Casi sin excepción, el 9° Para, no contaba con ninguno de estos factores cuando se lanzó al asalto: estaba en inferioridad, el plan había sido desbaratado y hubo de rehacerse casi en el último
minuto, los hombres no tenían equipo especial ni apoyo pesado, y eran muy conscientes del riesgo que estaban corriendo.
Que el objetivo se tomase pese a todos estos inconvenientes dice mucho de la capacidad de Otway y sus hombres, como también que después de ello aún pudiesen afrontar su objetivo secundario. En la mañana del 6 de junio de 1944, Terence Otway y su 9º Para. habían anulado uno de los mayores peligros para las fuerzas de invasión anfibia aliadas. Habían pagado un elevado precio, pero en cambio habían ahorrado muchas vidas. Cuando los primeros lanchones llegaron a la playa, los cañones de Merville permanecían silenciosos.



Leutnant Steiner, comandante de la bateria de Merville
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