In Memoriam

lunes, 07 de mayo de 2007

Por xicu41 @ 1:02





El Alamein


Otoño de 1942. Día 23 de octubre, 8:40 de la noche, hora de Londres;
9:40 en Egipto. Un breve telegrama, con una única sílaba — «ZIP» —, alivia la creciente impaciencia del primer ministro británico Winston Churchill. El mensaje, clave favorita de Churchill y apodo del mono de cremallera que usa en sus viajes de campaña, está firmado por el general Harold G. Alexander, comandante en jefe de las fuerzas británicas en Oriente Próximo. Su escueto contenido anuncia que al fin, tras un agitado verano de preparativos, batallas, relevos y reorganizaciones, comienza la primera fase de la contraofensiva aliada en el norte de Africa. La guerra, se espera en Londres y Washington, está a punto de variar su curso.
La inversión de la marca se insinúa desde meses antes y en frentes muy lejanos. El 4 de junio, los norteamericanos obtienen su primera victoria importante ante los japoneses en Midway, en el Pacífico; y en el verano inauguran sus incursiones aéreas en Europa. La Armada y la Fuerza Aérea británicas, reforzadas desde la entrada de EE.UU. en la guerra (diciembre de 1941), impiden en agosto la tentación alemana de ocupar ese «portaviones» clave del Mediterráneo central que es la isla de Malta.
Durante dos años, el flujo de la guerra ha actuado en favor de las divisiones de la Wehrmacht. Su avance incontenible ha dejado a toda Europa central bajo el imperio del Tercer Reich y ha permitido a Hitler llegar hasta las puertas de Moscú. Sólo Gran Bretaña ha resistido el impacto, manteniendo desde la batalla de Inglaterra el dominio de su espacio aéreo. Churchill compara al continente con un cocodrilo blindado que sólo ofrece un punto débil: el sur de Italia y el norte de Africa. Hitler y su Estado Mayor sólo lo comprenden parcialmente, enfrascados en ese momento en la campaña de Rusia, sin prever que están a punto de sufrir en Stalingrado su primera gran derrota, en una batalla que se prolonga casa por casa desde el 4 de septiembre de 1942 al 2 de febrero de 1943.



Cañon automotor de 20 mm. Al fondo, columnas de humo de los vehiculos britanicos
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En 1941, Berlín envía al flamante Afrika Korps, bajo el mando del general Erwin Rommel, a reforzar las débiles defensas del pequeño imperio africano de Mussolini en Libia, donde el Ejército británico del general Wavell ha logrado apoderarse de Tobruk y Bengasi en enero de ese año. Durante 18 meses, desde la primavera de 1941 al otoño de 1942, Rommel pasea sus Panzer en un carrusel de idas y venidas que culmina, el 21 de junio de 1942, en la caída de Tobruk y, poco después, en la instalación de un Ejército italogermánico en el desierto egipcio, a la altura de El Alamein y a 95 kilómetros escasos de Alejandría.
Londres ha seguido con pavor la trayectoria de Rommel —mariscal tras la captura de Tobruk— y ve en grave peligro esa llave del Oriente Medio que es Egipto. El estado moral del VIII Ejército británico, desconcertado por los ardides del enemigo y las vacilaciones de sus propios mandos, es tal que su comandante máximo, el general Auchinleck, ordena a sus oficiales «no mencionar jamás el nombre de Rommel. El «zorro del desierto» ha proyectado hasta tal punto su prestigio casi legendario en las filas enemigas, que es más popular entre los soldados británicos que sus propios jefes.
Con todo, el heterogéneo VIII Ejército, formado por australianos, neozelandeses, sudafricanos, indios y británicos, mantiene desde julio de 1942 una sólida posición al sur de la pequeña estación ferroviaria de El Alamein, resistiendo dos fuertes ofensivas del Afrika Korps. Pero Londres ve inseguras las puertas de El Cairo y sólo espera la oportunidad de un contraataque.
En agosto de 1942, un nuevo equipo asume la tarea de reorganizar las fuerzas del desierto. El general Alexander toma el mando de las fuerzas de Oriente Próximo (Egipto y Siria) y, por una casualidad trágica, recae en el general de artillería Bernard Law Montgomery la jefatura del 8º Ejército. Días antes del relevo, el candidato de Churchill para este puesto, el general Gott, muere en un accidente de aviación, el 7 de agosto.



PzKfw III desembarcados en Tripoli
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Montgomery toma el mando el día 13, dos antes de la fecha oficial, con la misión específica de «destruir a Rommel».
En siete semanas, Montgomery logrará galvanizar a sus hombres y devolverles su moral. Londres envía refuerzos con generosidad y, en octubre, «Monty» cuenta con una formidable fuerza de 220.000 hombres, organizados en diez divisiones. Durante toda esta etapa, el nuevo jefe, sacado de la oscuridad de un puesto secundario, ha articulado las distintas armas entre ellas y con las escuadrillas de la RAF. A los XXX y XIII Cuerpos iniciales suma el recién creado X Cuerpo, con dos divisiones blindadas, y brigadas de franceses libres y griegos, con los que compone una fuerza equivalente a otra división. Desde agosto comienzan a llegar los modernos carros de combate Sherman (M4) y cañones de largo alcance enviados desde Estados Unidos. En octubre, el nuevo VIII Ejército ya ha hecho su primer bautismo de fuego conteniendo a Rommel en Alam el HaIfa (31 de agosto), en una batalla defensiva conocida también como la primera de El Alamein. Por fin, el día 23 de octubre, Montgomery considera que sus fuerzas están a punto. Así anuncia el comienzo del ataque:
«Cuando asumí el mando del VIII Ejército, me dijeron que la orden era destruir a Rommel y su Ejército en cuanto estuviésemos preparados. Ya estamos preparados AHORA.» Con esta alocución se pone en marcha la operación Pie Ligero (Lightfoot).
El infierno estalla en El Alamein a las 9:40 (hora egipcia), en el mismo momento en que Churchill recibe en Londres el telegráfico «ZIP». Es noche de luna llena, cuidadosamente escogida para que los zapadores detecten en el plenilunio las minas sembradas por el Afrika Korps. Más de mil cañones británicos abren fuego contra las baterías alemanas, mientras las diez divisiones esperan al acecho la hora de vengarse de las afrentas de Tobruk.
El frente se extiende a lo largo de más de 50 kilómetros, en una línea recta que baja desde El-Alamein, en la costa, hacia el sur, donde la cierran las arenas movedizas y prácticamente infranqueables de la depresión de Qattara.



Erwin Rommel
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Cada saliente y cada promontorio de ese desierto llano se han convertido en una posición fortificada, con baterías fijas y cañones autopropulsados, o en los vitales depósitos de combustible, camuflados entre las piedras o bajo las ruinas de alguna cisterna romana. En el momento del ataque, el jefe del Afrika Korps, mariscal Rommel, se repone en Austria de una enfermedad; pero, antes de su viaje, a fines de septiembre, ha establecido una sólida defensa para las fuerzas que dirige en sustitución el general Stumme. A lo largo de todo el frente y en una franja de 7 a 8 kilómetros de ancho, los zapadores del Afrika Korps han sembrado medio millón de minas en un campo que constituye el primer muro que han de romper las fuerzas de Montgomery. Tras estos «jardines del diablo», el Afrika Korps despliega sus dos divisiones Panzer —la 15. al norte y la 21. al sur—,protegidas por una fila de baterías y una cadena defensiva formada por las divisiones Brescia, Trento, Pavia y Bologna, del X y del XXI Cuerpos de infantería italianos.
Al extremo norte, los cuatro regimientos de la 164. División alemana protegen la línea de la costa, con otra división, la 90. Ligera, de reserva en la retaguardia. A los Panzer se suman dos divisiones blindadas italianas, Ariete a la 2l.y Littorio a la 15. y la reserva de la división Trieste de artillería. En el extremo sur, los paracaidistas de la Folgore, destacamento italiano de élite, cierra la línea. En total, 103.000 hombres —49.000 alemanes y 54.000 italianos—, frente a un Ejército que los duplica en hombres y más aún, en las modernas armas que ha proporcionado Estados Unidos, convertido por el presidente Roosevelt en el «arsenal de las democracias».
En efecto, tal como señala Churchill en un mensaje a Roosevelt, la ventaja de «dos a uno», por parte de los británicos es mas mortífera y significativa en armas que en hombres. Hasta entonces, el Afrika Korps ha aprovechado la temible eficacia de sus carros de combate Pzkw III E y G y Pzkw IV E2. Estos últimos, provistos de cañones de 75 mm, neutralizan los blindados británicos y los pesados Grant norteamericanos (M 3), cuyos cañones de 37 mm en sus torretas y obuses de 75 mm resultan insuficientes para atravesar la coraza blindada de los Panzer IV F2.



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La «batalla de los refuerzos y el combustible» —como la define Rommel— se libra lejos del frente en el verano de 1942. A través de Sudáfrica, Sudán y otros puntos de Africa, Estados Unidos ha llevado al desierto 270 carros de combate Sherman (M 4), con cañones de alta velocidad, de 75 mm y largo alcance; piezas de artillería y bombarderos Baltimore y B-25 para la RAF. La ventaja británica en carros de combate, al iniciarse la batalla, es de 1 .230 contra 548 de las fuerzas del Eje (entre los italianos abundaban los ligeros CV, conocidos como “latas de sardina” y “ataúdes autopropulsados”.
Montgomery dispone además de 2.651 piezas, entre cañones de campaña y antitanques; supera en más de 1.000 al enemigo, favorecido en cambio por su artillería liviana de gran movilidad y por el alcance de sus contracarros de 88 mm. En el aire, la superioridad aliada es determinante: 1 .585 aviones contra 350 aparatos alemanes e italianos.
En la tarde del 23 de octubre, el general Montgomery se refugia durante dos horas en la lectura de un libro. Antes de la hora H ha decidido retirarse a dormir, en espera de los momentos cruciales de una batalla que prevé difícil. Durante semanas, sus hombres han construido en el desierto una impresionante escenografía, con falsos depósitos y tanques, un oleoducto simulado, casamatas a medio hacer, con el único fin de engañar al enemigo y de hacerle creer que prepara un ataque en el sur del frente y ademas para varios dias mas adelante.
El plan de Montgomery es irrumpir en el norte con las divisiones del XXX Cuerpo, mientras el XIII Cuerpo distrae al enemigo en el frente sur. Los australianos del XXX Cuerpo tienen la misión de abrir dos pasillos y dar paso así, a través de los «jardines» de Rommel, a los blindados del X Cuerpo. Un oficial británico de Inteligencia, BilI Williams, sugiere la maniobra adicional de separar a alemanes e italianos, objetivo que se alcanzara solo al final de la batalla.



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A las 10 de la noche, la artillería de Montgomery desvía su dirección y descarga sus obuses en las filas de la infantería italiana. En ese momento se ponen en marcha los australianos de la 9ª División, los neozelandeses de la 2ª, la 1° Sudafricana y los escoceses e ingleses de la 51ª División (la Highland). Bajo la dirección del general Leese, jefe del XXX Cuerpo, estas divisiones entran en un orden poco
ortodoxo: artillería, infantería, blindados. Los carros de combate, pensados para abrir camino a la infantería, cumplen la misión opuesta y serán precisamente los soldados quienes perforarán la defensa enemiga y «limpiarán» el paso a los carros de combate de la 1ª y la 10.» Divisiones Blindadas del X Cuerpo, comandadas por el general Lumsden. En el centro y sur del frente, el general Horrocks, jefe del XIII Cuerpo, ha estacionado a lo largo del límite del campo minado sus tres divisiones y media y mantiene en reserva a la 7ª División Blindada.
Durante toda la noche del 23 al 24, la 9ª Australiana y la 51ª Highland avanzan metro a metro, con cobertura de artillería y de bombarderos de la RAF que atacan sistemáticamente las líneas enemigas. Paso a paso, australianos y escoceses abren una brecha al norte de la loma del Riñón —un pequeño promontorio— mientras neozelandeses y sudafricanos penetran en un pasillo paralelo, al sur de la colina defendida por los infantes de la División italiana Trento. La batalla nocturna en el campo minado recuerda a los veteranos los combates de Verdún. La tenue defensa italiana, delante de los «jardines», es pulverizada con la embestida australiana en un frente que se extiende más de mil metros. Las escuadrillas de la RAF peinan el desierto sistemáticamente con sucesivas oleadas, sin gran resistencia de los pocos aviones alemanes. Los carros de combate del X Cuerpo entran lentamente a través de las brechas abiertas por la infantería. Poco antes del alba, el general Montgomery estudia un primer balance de la ruptura inicial y advierte con irritación que la penetración es más lenta que lo previsto.



PzKfw IV Ausf F
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El impulsivo «Monty» llama a su puesto al general Lumsden para quejarse de la escasa actividad de sus blindados y le amenaza con sustituirlo «por personalidades más enérgicas» si no acelera su ataque. La provocación parece surtir efecto. Durante el día 24, los carros de combate realizan un titánico esfuerzo bajo el fuego de las baterías alemanas y logran, a las 6 de la tarde, tomar el primer contacto con los blindados de la 21. Panzerdivision y de la División italiana Littorio. A esa hora, el Afrika Korps lanza su primer y casi desesperado contraataque. «Es exactamente lo que yo quería», comentará luego el mariscal Montgomery en sus Memorias.
Un trágico accidente ha dejado entre tanto descabezado al Ejército italogermánico. El general Stumme, jefe suplente en ausencia de Rommel, ha salido a primera hora de la mañana a comprobar las inquietantes noticias que recibe del frente. Hasta la noche del 23, el Alto Mando italo-alemán, engañado por el astuto camuflaje de Montgomery, no espera ningún ataque y menos en el norte, donde el VIII Ejército ha podido disimular con éxito el traslado silencioso de las divisiones del XXX Cuerpo antes de comenzar la batalla. Stumme recorre las primeras líneas en un coche abierto, estupefacto aún por la sorpresa del ataque. Quizás entonces recordase la advertencia que 24 horas antes había llevado a su puesto de mando un capitán italiano, Jack Guiglia. experto en interceptación de mensajes, advirtiendo sobre la inminencia de la hora H. Guiglia había recorrido en la madrugada del dia 23 un largo trecho de desierto para dar la alarma, después de haber escuchado en su radio mensajes contradictorios que finalmente identificó como una hábil maniobra de despiste por parte de los británicos. «El ataque no es cosa de semanas ni de días, sino de horas.» Nadie hizo caso de la alarma y tampoco podía confiar Stumme en el espionaje alemán, más de una vez objeto de las maldiciones de Rommel por su ineficacia. Esa mañana del 24, el vehículo del general Stumme regresa vacío a las posiciones alemanas. Un ataque aéreo ha obligado al conductor a una carrera ciega hacia la retaguardia, sin advertir que el jefe en funciones del Afrika Korps ha caído del vehículo. Una patrulla lo descubre poco después, muerto de un infarto.



M3 Grant
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Stumme alcanza, antes de morir, a pedir auxilio a Berlín. La misma mañana de su muerte, un telefonazo levanta al mariscal Rommel de su lecho en la clínica austríaca de Semmering. En el teléfono escucha la voz grave del propio Hitler: “Rommel, tengo muy malas noticias de Africa; la situación me parece sombría. ¿Se siente usted ya bien para regresar allí? ¿Sobre todo, desea usted volver?”.
Rommel no lo piensa dos veces. Su corazón está con el Afrika Korps y olvida en ese momento su irritación contra el Estado Mayor del Reich y la desconfianza incipiente frente a Hitler, que ha acallado en su último viaje a Berlín sus quejas por la falta de refuerzos con vagas promesas de futuras «armas secretas» y con el envío de los nuevos carros de combate «Tigre», que sólo llegarán a Africa meses después, cuando ya todo está perdido para el Afrika Korps.
Rommel sale de Austria a primeras horas del domingo 25 de octubre. Una breve escala en Roma le sirve para exigir, una vez más, combustible y refuerzos y quejarse de la generosidad con que se gasta en el sur de Italia gasolina vital para los Panzer del desierto. El lunes 26, tercer día de la batalla, llega al frente de El Alamein y escucha los informes de su Estado Mayor con el ceño fruncido. Uno de sus oficiales, el general Kramer, confesaría más tarde que «a esa altura, la batalla ya estaba perdida por falta de combustible». Rommel había sido derrotado, antes de El Alamein, en los salones de Roma y Berlín. Las peculiares relaciones políticas del Tercer Reich con su aliado italiano ponían a las fuerzas alemanas en Africa bajo el mando del Estado Mayor de Mussolini, donde generales como Ugo Cavallero eran más duchos en las intrigas políticas ante el Duce que en las sutilezas de la guerra. En Berlín, la obsesión de Hitler por derrotar a Stalin ha dejado siempre en segundo lugar el envío de refuerzos y combustible al mariscal Rommel, pese a que estuvo, en el verano de 1942, en disposición de avanzar en Egipto
y conquistar El Cairo. Tras las posiciones de El Alamein, Rommel tiene ahora 1.250 km de desierto y una dilatada vía de comunicaciones castigada permanentemente por los bombarderos de los aliados. La fuente de agua abundante más cercana está a 750 kilómetros; la escasez de municiones y víveres es más dramática que la inferioridad de fuerzas.



Carros britanicos Valentine, destruidosImagen


Rommel se enfrenta ahora a una derrota peculiar. Por una parte, la entrada en combate de la superioridad tecnológica norteamericana —carros de combate, cañones y aviones—, que ha quebrado la ventaja de sus baterías ligeras y los cañones de sus Panzer. Por otra, el trabajo eficaz de la RAF y la USAAF ha hundido en las semanas previas un 66% de los suministros de combustible enviados desde Italia a través del Mediterráneo. «La batalla de los refuerzos» ya estaba perdida para el Eje.
Rommel duerme unas horas, con su habitual capacidad de concentrar el descanso, antes de asumir, en la madrugada del 27, el mando de la batalla.
Sus primeras órdenes revelan que el mariscal ha adivinado cuál es el punto clave del combate: el saliente abierto al norte, en torno a la loma del Riñón, por el XXX Cuerpo británico. De inmediato ordena a la 21. División Panzer, estacionada en el sur, subir a reforzar la 15., que resiste a costa de grandes pérdidas los empujes de las divisiones blindadas del X Cuerpo. Durante todo el domingo 25 y el lunes siguiente, la lucha ha sido incesante en el flanco norte. Los dos boquetes abiertos por el XXX Cuerpo se han convertido en una gran bolsa que se expande al este de la loma del Riñón, último bastión del Eje para evitar la ruptura de sus líneas. La violenta lucha ha diezmado los carros de combate de la 15. Panzer y la Littorio. La columna australiana, en el extremo norte del gran saliente de 10 km de largo y 7 de profundidad, empuja, a costa de enormes bajas, a los cuatro regimientos alemanes de la 164. División.
El día 26, el general Morshead, comandante de la 9.” División Australiana, cambia el curso de la ofensiva y dirige el ataque hacia el norte, con objeto de alcanzar la costa y aislar a la división alemana apostada en el extremo septentrional. Más abajo, la División Highland, otra de las más castigadas en los primeros días de lucha, ha logrado rodear, en las lomas de Miteiriya, a una compañía completa de la División italiana Trento, cuyo comandante, el mayor Beja, fracasa una y otra vez en romper el cerco. El combate decisivo de ese flanco central se ha concentrado en torno a la loma del Riñón, controlada aún por otra compañía de la Trento y resguardada por los Panzer y los carros blindados de la Littorio.



Infanteria alemana avanzando por el desierto
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Rommel organiza desde primeras horas del día 27 un contraataque blindado a la antigua usanza. En él concentra todos sus carros de combate disponibles, a fin de compensar en ventaja táctica —punto fuerte de su capacidad militar— la aplastante inferioridad estratégica. En el mando británico, Montgomery había calculado dos días antes el peligro de este movimiento, en una reunión celebrada a las 3:30 de la madrugada del día 25, en su tienda de Estado Mayor. mientras Rommel prepara su regreso a Africa. En esa tensa entrevista, «Monty» regaña de nuevo al general Lumsden y le exige ponerse «al frente y no detrás» de sus blindados. Al mismo tiempo cursa órdenes a los destacamentos situados en los flancos sur y central, encargados de hostilizar al enemigo para inmovilizar sus divisiones, especialmente la 21. Panzer y la acorazada Ariete, aún en la reserva. Desde el inicio de la batalla, en el centro del frente, la 4ª División India, apostada en las lomas de Ruweisat, al este del campo minado, lanza esporádicos raids contra los soldados italianos de la División Bologna, aturdidos por el ágil uso que da Montgomery a sus cañones. Más al sur, entre Ruweisat y la depresión de Qattara, la infantería y los blindados del XIII Cuerpo fijan a los blindados de la Ariete e intentan, sin éxito, evitar el desplazamiento hacia el norte de la 21.” División Panzer. Monty reserva en ese flanco semipasivo a la 7ª División Acorazada y a brigadas de la 44ª División de infantería. Un contingente de franceses libres lucha denodadamente contra los paracaidistas italianos de la Folgore, en una escaramuza de distracción que deja en el campo más de doscientos cadáveres franceses y británicos en tres días de combate. En las jornadas posteriores, la Folgore perdería, entre muertos, heridos y prisioneros, a más de 4.500 de sus 5.000 hombres.
Rommel lanza su contraataque en la madrugada del martes 27, con incursiones sucesivas de sus Panzer y una cortina de proyectiles. Con su peculiar habilidad para resolver situaciones desesperadas, dirige los tanques hacia los flancos de los blindados británicos que han consolidado posiciones. Monty responde con una táctica defensiva y arrastra los blindados del Afrika Korps a un combate de desgaste que diezma aún más las columnas de Rommel.

El mariscal alemán recurre una vez más, como en Tobruk y otras batallas de su campaña del desierto, al ardid de convertir rápidas misiones de reconocimiento en ataques por sorpresa en los puntos débiles. La táctica no tiene éxito con el cauteloso Montgomery. Cinco veces el mariscal alemán «se rompe los dientes» contra la barrera de tanques británicos y la modernizada artillería de largo alcance del VIII Ejército.
Durante la tarde del miércoles 28, Rommel revisa incansable el frente, en su Kubelwagen adaptado al terreno del desierto, buscando resquicios, concibiendo planes de último momento. Silencioso, con la mandíbula apretada, reconoce ante su lugarteniente más cercano, el general Bayerlein, que ya todo está perdido. Ese mismo día recibe el informe de que la Fuerza Aérea británica ha hundido tres petroleros italianos en el Mediterráneo.
Pese al desastre, reúne una vez más sus efectivos para intentar un último ataque a la hora del crepúsculo, con el sol poniente a la espalda y deslumbrando al enemigo. Los carros alemanes e italianos se concentran tras la loma del Riñón, en un área de apenas 3 por 4 km. en medio del cañoneo ininterrumpido de las baterías del VIII Ejército británico. El proceso dura cerca de tres horas y nuevamente, los aliados imponen, esta vez desde el aire, su ventaja técnica. Durante dos horas y media, los aviones aliados barren el área y arrojan un total de 80 toneladas de bombas, antes de que Rommel culminase la preparación de su ataque. “Es la última vez, que el enemigo intentó tomar la iniciativa”, informa el general Alexander a Winston Churchill.
En el Mando británico, los nervios continúan de punta a pesar del éxito. Montgomery ha vapuleado ya dos veces al general Lumsden y se irrita ante el retraso de sus planes. La línea enemiga, pese al gran saliente del norte, no está rota aún, y Londres se impacienta en espera de una victoria que haga nacer con buen pie el próximo desembarco anglo norteamericano en Marruecos. Churchill ve con preocupación el desgaste de las fuerzas de reserva en el combate y ordena a su ministro de Estado William Casey, entonces en El Cairo, que se informe en detalle de la situación en el frente de batalla.



Un vehiculo britanico salta sobre una mina en El Alamein
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Casey visita a Montgomery en compañía del general Alexander y le interroga sobre el desarrollo de la lucha. El jefe del VIII Ejército explica con contenida paciencia su plan general; su ayudante, el brigadier Francis de Guingand, responde más impulsivo y envía a Churchill el poco diplomático mensaje de que no moleste con sus dolores de barriga.
Pero la batalla está ya cerca de su desenlace. Mientras contiene a los Panzer a la altura de la loma del Riñón, Monty ha movilizado una poderosa fuerza que se concentra en el gran saliente abierto días pasados. La operación Pie Ligero —en realidad, un combate pesado y clásico— pasa a una nueva fase de movimientos. Montgomery retira divisiones del frente, sube otras fuerzas desde el sur y reagrupa su Ejército para el ataque decisivo: la operación Supercarga. La noche del 28 de octubre, el general Morshead efectúa un empuje decisivo de sus brigadas australianas en el extremo norte del saliente y, dos días después, avanza vertiginosamente hacia la costa, ahogando en una bolsa a la 164. División alemana. El movimiento obliga a Rommel a subir destacamentos blindados de la 21. Panzer y a movilizar hacia el frente a la última reserva del Afrika Korps, la 90. División Ligera. Para cubrir el flanco dejado abierto frente a la loma del Riñón envía a la División Trieste, último refuerzo de las tropas italianas. Montgomery aprovecha con cautela este compás de espera para restañar heridas y preparar, entre los días 29 y 31 de octubre, la carga final. Desde Londres, el impaciente Churchill insta al comandante supremo de Oriente Próximo, general Alexander, a «darle un vapuleo mortal a Rommel». Alexander le hace ver en un telegrama el enorme daño provocado por las minas enemigas y sus temibles cañones autopropulsados. En una semana, los británicos han sufrido casi diez mil bajas y han perdido casi el doble de carros que el Afrika Korps. Pese a todo, aún pueden oponer 800 carros de diversos tipos (contando unos 200 recobrados en el campo de batalla) a los 90 Panzer que mantiene Rommel, junto a los blindados italianos de la Trieste y los restos de la diezmada Littorio y de la Ariete, la famosa “división fantasma” que el «zorro del desierto empleó en Tobruk para convencer a los británicos de una superioridad inexistente.

En el punto de arranque de la Supercarga, Montgomery establece la primera fuerza de choque con la 2ª División Neozelandesa, que ha retirado de la avanzadilla de la loma del Riñón, y la complementa con dos brigadas de infantería (151 y 152) y con la 9ª Brigada blindada del XXX Cuerpo. Tras esta vanguardia agrupa una nueva reserva, integrada por la 1ª División Blindada y la 51ª Highland, dos de los destacamentos más castigados al inicio del combate y ahora reorganizados y reforzados con la 7ª División Blindada y una brigada (133) de la 44ª División, traídas del sur y casi intactas.
La noche del 31 de octubre, Montgomery tiene dispuestas las líneas de ataque. En esos momentos, los australianos del general Morshead han cruzado la carretera y la vía férrea que corren paralelas a la costa y asfixian a la l64. División alemana, ya separada totalmente del núcleo del Ejército del Eje. Montgomery prefiere esperar 24 horas para el ataque y consolidar vías de comunicación y suministros antes de lanzar la decisiva Supercarga.
El ataque comienza a la 1 de la madrugada del 2 de noviembre. Nuevamente, Monty altera las normas clásicas de la guerra motorizada y ordena a la infantería neozelandesa que perfore dos boquetes en las líneas enemigas para abrir paso a la 9ª Brigada blindada y, tras ella, a los tanques de la 1ª División. Pese al fuego de barrera de 300 cañones alemanes, la infantería neozelandesa y las brigadas británicas agregadas irrumpen en las líneas enemigas y abren paso a la 9ª Brigada blindada. El ataque se produce al norte de la loma del Riñón, que pronto es sobrepasada por la 9ª Brigada al norte y poco después por la 1ª División Blindada al sur.
Rommel opone aún una tenaz resistencia. Al iniciarse la carga, logra retirar sus últimas defensas de la loma del Riñón y establecer otra posición ventajosa en Tel el Aqqaqir, un promontorio de 33 m junto a la carretera de El Rahman, donde articula una línea defensiva de artillería. Los Grant y Sherman británicos irrumpen en oleadas por los pasillos abiertos en el saliente y se despliegan en un frente de cerca de cuatro kilómetros, donde se produce el gran choque de carros y uno de los mayores combates de la historia de la guerra acorazada.



Columna de carros M3 GrantImagen


El balance final es: 2.350 aliados y 3.000 alemanes e italianos muertos; 8.950 heridos en el VIII Ejército y 7.000 en las filas del Eje. La proporción total de bajas —muertos, heridos y desaparecidos— se cifra en un 5,1 % para los aliados y un 9,7 % para el Eje. En prisioneros, en cambio, Montgomery ha cumplido con la petición expresa de Churchill de capturar unos 20.000 para aprovechar la cifra como propaganda de apoyo a la próxima operación Antorcha en el noroeste africano: el número de prisioneros alcanza a 22.071 italianos y 7.802 alemanes. Prácticamente, cuatro divisiones alemanas y ocho italianas han desaparecido en la gran batalla del desierto. El general Alexander telegrafía a Churchill el 6 de noviembre:
“Eche las campanas al vuelo... El VIII Ejército avanza”.
El primer ministro prefiere, con prudencia supersticiosa, no anunciar la victoria en los campanarios. Dos días después ha de iniciarse el desembarco en el otro flanco de Africa y queda por delante una dura campaña que culminará con la caída de Túnez, en mayo de 1943, y con la expulsión definitiva de Rommel del continente africano. Pero ya el futuro mariscal Montgomery y vizconde de El Alamein ha logrado variar el curso de la guerra y una etapa esperanzadora se abre para los aliados. El mismo Winston Churchill destaca en sus Memorias: “Antes de El Alamein no conocimos la victoria; después de El Alamein no conocimos la derrota”.



Carros italianos M 13/40 de la division LittorioImagen





Bernard Montgomery

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Nacido en Londres, de familia irlandesa e hijo de un obispo anglicano, Bernard Law Montgomery ingresa en 1908 en la Real Academia Militar de Sandhurst después de vivir su infancia en Australia. En la Primera Guerra Mundial se destacó como oficial de artillería y combatió en Francia y Bélgica. General de brigada en 1937, fue encargado, en 1940, de dirigir la evacuación de las fuerzas británicas en Dunquerke. Al ser nombrado por Winston Churchill comandante del VIII Ejército —tras la muerte del primer designado, el general Gott— Montgomery abandonó el relativamente oscuro puesto de comandante de las fuerzas defensivas del sudeste de Inglaterra para encumbrarse a los mas altos cargos del Estado Mayor británico Montgomery destelló como reorganizador del VIII Ejercito en el norte de Africa y gano el puesto de honor entre sus soldados y la opinión británica al detener a Rommel y derrotar en El Alamein al entonces legendario Afrika Korps.
Tras la conquista de Túnez en mayo de 1943 y la invasión de Italia en julio, fue llamado a formar parte del Alto Mando aliado y encargado de dirigir la invasión de Francia en 1944. De carácter impetuoso ante sus superiores Montgomery tuvo varios choques personales con el general norteamericano Dwight D. Eisenhower al conducir el 6 de junio de 1944 la invasión de Normandia, operación que le valió su ascenso a mariscal de campo y comandante del XXI Ejército británico-canadiense en la victoriosa campaña a través de Francia, Bélgica, Holanda y Alemania, donde recibió la rendición de las fuerzas alemanas del norte el 4 de mayo de 1945.
Al revés que Rommel, Montgomery culminó su vida militar en los puestos mas altos. En 1946, la Corona le otorgó el titulo de vizconde de El Alamein al mismo tiempo que era designada jefe del Estado Mayor del Imperio, cargo que ocupó hasta 1948. Entre 1951 y 1958 después de haber dirigido la Unión Europea Occidental, fue vicecomandante de las fuerzas de la OTAN en Europa y, antes de retirarse, escribió sus Memorias.


Muerto en 1976 (el 25 de marzo) en Hampshire, el mariscal Montgomery pasó a la historia militar como un estratega de la guerra de materiales, factor que influyó decisivamente en la derrota de Rommel. Cuidadoso en los detalles y minucioso hasta exasperar a sus oficiales en los preparativos de un combate, el mariscal Montgomery destacó como un jefe cauteloso, de pasos seguros y de un especial cuidado por la vida y estado de sus hombres, lo que le valió una singular popularidad en el VIII Ejército pese a su escrupuloso cumplimiento de las formalidades de la jerarquía militar. En el terreno táctico, el vizconde de El Alamein desarrolló una hábil inventiva en el arte del camuflaje y de engañar al enemigo, otro factor que tuvo oportunidad de aprovechar con gran éxito en su primera embestida contra Rommel otro genio de los ardides antes del combate. Sus mayores aportaciones a la teoría militar son, sin embargo, de carácter más estratégico que práctico. El papel de la logística, las comunicaciones y los refuerzos fue siempre su preocupación principal al preparar, con sumo puntillismo y dilatada paciencia, cada una de sus operaciones. Tales cualidades —curiosamente opuestas al arte improvisador y audaz de Rommel— fueron expuestas en El Alamein, su primera operación de envergadura en su brillante carrera militar.






Erwin Rommel

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Genio de la táctica, Erwin Johannes Eugen Rommel fue uno de los pocos altos oficiales alemanes que lograron popularidad y respeto tanto en su país como entre los enemigos del Tercer Reich. Nacido en 1891, en una familia de Württemberg sin tradición militar —su padre y su abuelo eran maestros—, Rommel inició en 1910 una carrera que le convirtió en mariscal de campo y en uno de los genios de la guerra acorazada. Tras su bautismo de fuego en la Primera Guerra Mundial, fue profesor de varias academias militares, En 1938 fue comandante de la academia de oficiales de Wiener Neustadt, siendo nombrado comandante de la guardia militar del Führer al iniciarse la Segunda Guerra.
Oficial de acentuado espíritu profesional y sin preocupaciones ideológicas ni políticas, Rommel logró en febrero de 1940 un puesto de primera línea como comandante de la 7. Panzerdivisión, con la que encabezó el avance alemán en Bélgica y norte de Francia. Muy pronto, encarnó ante la opinión alemana el símbolo de un general de primera línea, factor explotado por el aparato de propaganda del Reich, al punto de presentarlo como una figura del partido nazi, al cual en realidad no se adscribió nunca.
En el frente europeo, Rommel desarrolló su esencial comprensión de la moderna guerra motorizada, al descubrir las posibilidades tácticas de los carros de combate y la artillería móvil como armas ofensivas en una guerra de movimientos. Esta habilidad le llevó en febrero de 1941 a ser nombrado por el Führer jefe del flamante Afrika Korps, destinado a apoyar a las tropas italianas en el desierto de Libia. El favorable terreno del desierto norafricano permitió a Rommel desarrollar a fondo su capacidad de táctico genial en la guerra de carros. Durante tres años, el «zorro del desierto» sorprendió a los británicos con una campaña audaz y una «guerra limpia» que le hizo popular hasta en las filas enemigas. En esta época, aunque aumenta su prestigio en Alemania y es ascendido a mariscal de campo, comienzan sus primeros problemas con las autoridades del Reich y el mando italoalemán.

Después del verano de 1942, Rommel ha llevado a un Ejército exhausto, desatendido por Berlín, a las puertas de Egipto, haciendo tambalear el principal pilar del Imperio británico en Oriente Próximo. Sus roces con el Estado Mayor berlinés comienzan a enfriar su confianza en el régimen y en el propio Hitler tras la derrota en El Alamein, en noviembre de 1942, con la que se inicia la retirada del Afrika Korps hacia Túnez y la pérdida del norte de Africa en mayo de 1943. Poco después dirigirá las fuerzas alemanas en Italia.
En 1944, Hitler encarga a este experto en la guerra de movimientos la dirección de las defensas de la costa de Francia y los Países Bajos, objetivo de la preparación del desembarco aliado. Rommel logró destacar también en este nuevo papel, tan distinto a la guerra de carros, y ayudó a consolidar una sólida muralla que frenó durante meses la ofensiva aliada.
Pero ya el mariscal Rommel se había convencido de que la guerra estaba perdida y era preciso que el Führer preparase negociaciones de paz para evitar un desastre. Durante meses, Rommel resistió las invitaciones de los altos oficiales descontentos con Hitler; pero en julio de 1944, después de haber sido herido seriamente en un ataque aéreo británico en plena invasión, aceptó unirse a los conspiradores partidarios de negociar la paz. Aunque el mariscal no sabía que la clave de la conjura pasaba por el asesinato de Hitler, sus vínculos con el complot salieron a la luz tras el atentado del 20 de julio contra el Führer. Hitler evitó que trascendiera su nombre, tan asociado al régimen en la publicidad nazi. Dos generales leales al Führer visitaron al mariscal con un mensaje tajante y un frasco de veneno. El 14 de octubre, Rommel se despidió de su familia y puso fin a su vida. Berlín lo enterró con honores militares y escondió su papel en la rebelión contra Hitler.



Autor:
Luis Ignacio Lopez

COMENTARIOS

jueves, 12 de junio de 2008

Por Invitado @ 2:25


Esta muy bien tu articulo, felicidades

viernes, 21 de noviembre de 2008

Por Invitado @ 21:21


maravilloso es maravilloso
porque no te pasas por nuestro foro amigos de erwin rommel y ya que vas te quedasAngelitoAngelito:

jueves, 16 de abril de 2009

Por Invitado @ 23:01


Hola, soy una chica que me gustaria saber si podrian darme informacion sobre un capitan de aviacion italiana , muerto en alemania en el año 1958, el y otros mas, eran espias, y su nombre era Giovanny Russo Spena. muerio de 28 años. Gracias