In Memoriam

Lunes, 16 de abril de 2007

Por xicu41 @ 1:21


20 julio 1.944 Atentado contra Hitler


El 20 de julio de 1944 estalla una bomba en la “guarida del lobo”, el cuartel general de Alemania en Prusia Oriental. La bomba ha sido colocada debajo mismo de la mesa junto a la cual se reúnen el Führer y una veintena de altos militares alemanes. En aquel momento pudo cambiar la marcha de la historia. Sin embargo, aunque murieron cuatro personas, Hitler salió ileso… y reforzado ante los ojos de sus admiradores: era una prueba más de la protección que le dispensaba la Providencia, como él mismo afirmó en aquella ocasión.

Ni el hecho de ser manco diestro, ni la banda negra ocultando la cuenca vacía de un ojo —recuerdos ambos de su campaña de Africa—, deterioraban en exceso la imagen de uno de los militares con mejor planta y más admirados del Berlín de los años treinta. A las cinco y media de la madrugada del 20 de julio de 1944, el coronel Klaus Schenk von Stauffenberg abrochaba los botones del cuello de su guerrera. Una mirada hacia el Wannsee (lago de Wann), desde donde llegaba una niebla tenue, algo más clara que la incipiente madrugada. Recogió de la mesita de noche el informe dactilografiado para Hitler y una camisa de repuesto en el armario. Los llevó al salón y los introdujo en una cartera de piel clara, sobre la bomba de fabricación inglesa.
Klaus von Stauffenberg era descendiente lejano de Gneisenau, uno de los héroes contra las tropas napoleónicas. Hijo del chambelán del último rey de Württemberg, tanto su estirpe, en parte, como su inclinación espiritual, le encaminaban hacia la arquitectura y la música. Paradójicamente, a los 19 años era ya cadete del célebre 17. regimiento de caballería Bamberg. En 1933, admiraba en Adolf Hitler su capacidad para entusiasmar a los alemanes en la recuperación de la dignidad nacional y sus prédicas continuas contra el desorden. Ante su casa, el automóvil oficial enviado por el mando supremo lo esperaba a las 6 en punto de la mañana. Las calles de la colonia residencial estaban desiertas.



Klaus Philip Shenk, conde von Stauffenberg, en 1.943 antes de sufrir las heridas en el ojo y la mano derecha.
Imagen


Durante el trayecto, una parada para recoger a su ayudante, el teniente Werner von Haeften, también con una cartera en la mano izquierda. Von Haeften apareció acompañado por su hermano. La presencia de éste y la del conductor forzaron un silencio discreto entre el coronel y su ayudante.
En 1938 habían sido iniciados los primeros “progrom” contra los judíos. Con ellos, también había comenzado el desencanto del hijo del chambelán. Aquel decisivo 20 de julio de 1944, el coronel Von Stauffenberg ya contaba con un duro e intenso historial bélico a sus espaldas. Había combatido primero en Polonia; después, en Francia; por fin, en el aún más difícil frente ruso, donde el desastre de Stalingrado acumulara desencanto militar sobre el desencanto político. Von Stauffenberg se comprometía cada día más con la oposición. Solicitó el traslado a Túnez, donde su automóvil de campaña saltó sobre un campo de minas el 7 de abril de 1943 (dieciséis meses antes de aquella romántica y triste y tensa y esperanzada mañana ante el Wannsee). Cuando salió del hospital con un brazo y un ojo ausentes, tras reflexiva convalecencia, ya había tomado decisiones.
Von Stauffenberg había decidido lo mismo que muchos de sus compatriotas tiempo antes. Muchos más alemanes de los que se supuso durante no poco tiempo habían llegado a la conclusión de que, sin Hitler, la paz era posible. Desde antes de la guerra. Adolf Hitler ya había sufrido, antes de aquel verano de 1944, once atentados. ¡Once atentados’ Durante la guerra, el propio Tercer Reich los había ocultado, por razones obvias. Antes y después de la guerra, las potencias vencedoras, conociendo las vicisitudes de la resistencia antinazi, habían quitado importancia a los hechos, por razones menos obvias y no más justificables.
La resistencia había comenzado bastante antes de que Hitler hubiese iniciado sus campañas de expansión en Europa. Ya en 1937, nació un primer núcleo resistente, organizado por Carl Goerdeler, ex-alcalde de Leipzig y antiguo comisario para los Precios, personaje complejo que trató de obtener el apoyo de la vieja aristocracia y de la clase militar.



Hitler y Mussolini examinan el barracon despues del atentado



Mientras se mantuvo vigente la «jefatura Goerdeler», los objetivos básicos de su doctrina tendían a la destitución de Hitler y a poner fin a las diferentes invasiones, mediante paz negociada, aunque manteniendo viva la idea de una «gran Alemania».
A medida que la resistencia crecía y se organizaba seriamente, aumentaban las relaciones de sus principales jefes con las otras potencias. Los ingleses, por ejemplo, habían recibido buena información por medio del católico Josef Müller, quien se había puesto en contacto con ellos con la aprobación del papa Pío XII. Excelente información proporcionaba también Ulrich von Hassel, embajador alemán en Roma, que se había unido a los conspiradores. De hecho, las Iglesias habían jugado un importante papel mediador desde el primer intento de resistencia seria. Su desilusión fue tremenda. El pastor Dietrich Bonhoeffer había acudido a los ingleses a través del obispo BelI de Chichester, con quien se encontró en Suecia. La respuesta de Eden. el ministro británico de Asuntos Exteriores, fue contundente: «Los alemanes deben arreglárselas solos». En aquel tiempo, Londres aún no tenía que preocuparse del peligro soviético y se jugaba alegremente con la teoría de que “cada ciudadano alemán debe pagar”.
Ya quedó escrito que la vieja clase militar se iba incorporando a la resistencia, de manera más nutrida de lo que generalmente se ha reconocido fuera de Alemania. Era un mundo perfectamente conocido y controlado por el general Ludwig Beck, antiguo jefe de Estado Mayor del ejército, dimitido en 1938, y jefe de Estado previsto en el caso de que se produjese el golpe. Aumentaban, sí, los conspiradores militares. Pero tampoco eran escasos los que condescendientemente fingían ignorar cuanto se tramaba, aun sin comprometerse. Entre los diferentes grupos de conspiradores que habían ido surgiendo tras la iniciativa del carismático Goerdeler, el llamado «círculo de Kreisau», de orientación socialcatólica, eligió como jefe al conde Helmuth von Moltke, consejero legal del servicio de información del ejército: la Abwehr. Los «tecnócratas» aparecían dirigidos por dos figuras importantes: Canaris y Oster, jefe y jefe de Estado Mayor, respectivamente, del contraespionaje (la Abwehr).






De Oster se puede decir, incluso, que fue el principal organizador de la resistencia militar. Aquel mundo de conspiradores en ebullición había prodigado las tentativas de todo tipo. Al principio, pausadamente. Entre 1942 y 1944, sin cesar. Los atentados se habían multiplicado. El primero, ya el 29 de septiembre de 1938, organizado por los generales Halder y Witzleben y por el coronel Oster. Un año más tarde, el 3 de septiembre de 1939, segunda intentona, organizada por Von Hammerstein. Dos meses después, en noviembre del mismo año, nueva tentativa de Oster. La cuarta, dirigida por Von Bock, el 4 de agosto de 1942. La quinta, el 13 de marzo de 1943, preparada por el grupo de Olbricht, Tresckow y Schlabrendorff. Ocho días más tarde, el 21 del mismo mes, fue el turno de Von Gersdorff. En diciembre también del 43, otra vez el grupo de Von Tresckow. En la octava tentativa había fallado el propio Von Stauffenberg, pocos días más tarde. En enero de 1944, lo intentaron Von dem Bussche, Von Kleist y Von Tresckow. El décimo intento, 11 de julio de 1944, otra vez lo protagonizó Stauffenberg; pero no llegó a poner la bomba, pues sólo habría matado a Hitler y no a Himmler (el jefe de las SS), de quien también se querían librar. Y también lo intentó el mismo coronel cuatro días más tarde, el 15, cinco antes de aquel día de julio, que amanecía con una niebla tenue sobre el lago de Wann. Las tentativas fallidas habían puesto nerviosos a los conspiradores. Parecía como si el Führer contase con una protección providencial. Cuando no era la suerte reiterada, eran los hechos de guerra. Pero todo fallaba en el último momento. En una ocasión, una bomba colocada en su avión personal no funcionó; y en otra, cuando ya se había conectado el dispositivo detonador... Hitler cambió su programa de actividades en los últimos minutos. Los nervios, sin embargo, se habían trocado en alarma general. Ya no era sólo la Providencia. Himmler sospechaba, muchos militares estaban vigilados y ya se habían producido detenciones.





Uno de los cabecillas de la operación. Von Tresckow, combatía el desaliento con una frase de ánimo: «La ejecución de Hitler debe ser intentada a cualquier precio. Aunque lleguemos a fracasar, tenemos que tratar de hacernos con el poder. Mostraremos al mundo y a las generaciones venideras que los hombres de la resistencia alemana han osado dar el paso decisivo, arriesgando sus vidas.»
Klaus von Stauffenberg formaba parte del grupo de Von Moltke. Pero mientras la luz del día comenzaba a hacerse sobre la niebla, en el silencio del automóvil no pensaba en los atentados fallidos. Pensaba, simplemente, que el duodécimo debía ser el último. Las oportunidades se diluían, tanto porque la red de conspiradores podía ser descubierta en cualquier momento, como porque los acontecimientos bélicos ya no daban paso a otras alternativas.
Quince minutos antes de las 7 de la mañana, el automóvil del alto mando que los transportaba, llegaba al aeropuerto berlinés de Rangsdorf, en una de cuyas pistas se dibujaba, ya claramente y con los motores en marcha, el avión personal del general Wagner, otro de los jefes de la conspiración. A las 7 en punto, el avión despegaba. Tres horas más tarde aterrizaba en Rastenburg, Prusia Oriental.
Desde la derrota de Stalingrado, Adolf Hitler había instalado su cuartel general cerca de Rastenburg, en la Wolfsschanze, la «guarida del lobo», al norte de los lagos Mazurianos. Estaba formada por tres grupos de edificaciones, dispuestas en círculos concéntricos, cada uno de ellos protegido por campos de minas, casamatas y caballos de Frisia. Todos los visitantes sin excepción, incluso los más altos jefes militares, debían mostrar salvoconductos al oficial de guardia de las SS encargado de la inspección. Una vez pasados todos los controles y ya dentro de la «guarida del lobo», Von Stauffenberg disponía todavía de dos horas largas, antes de la presentación al Führer de su informe, concertada para la una de la tarde. Así lo había planeado. Se dirigió al despacho del general Fellgiebel, jefe de comunicaciones del cuartel general, uno de los dos conjurados, junto con su camarada Stieff, en la Wolfsschanze. Después de la muerte del Führer, Fellgiebel sería el encargado de dejar aislado el cuartel general, cortando las comunicaciones con el resto de Alemania.



Hitler y Alfred Jodl



La normal tensión de aquellos momentos aumentó cuando el mariscal Keitel anunció a Von Stauffenberg que el Führer esperaba la visita de Mussolini a primera hora de la tarde y que, por lo tanto, la reunión a la que el coronel había sido convocado sería adelantada media hora. Pero había algo peor: se reunirían en el «barracón de conferencias», no en el «bunker» como estaba previsto. Los efectos de una explosión serían menores. Mirándose entre ellos, los conjurados calibran nuevos riesgos personales y la eventualidad de otra intentona fallida. ¿Convenía desistir?
Pocos minutos antes de las 12.30 horas, todos salieron de sus despachos y se dirigieron al barracón de conferencias. Durante el trayecto, Von Stauffenberg se disculpó un momento: «había olvidado» la gorra y la pistola en el despacho del general Feilgiebel. Fuera de la vista de todos los convocados a la reunión, puso en marcha el mecanismo químico de detonación. A partir de aquel momento, disponía de diez minutos, antes de la explosión. La sala de conferencias medía 10 metros de largo por 5 de ancho. Adolf Hitler se hallaba ante el centro de una mesa rebosante de mapas militares. A su derecha, los generales Heusinger, jefe del Servicio Operativo, y Korten, jefe de Estado Mayor de la Luftwaffe; a su izquierda, el mariscal Keitel y el general Jodl. Una veintena de otros altos oficiales, de pie, se agrupaban alrededor. Keitel propuso al Führer oír el informe del coronel Von Stauffenberg; Hitler lo pospuso. Von Stauffenberg dejó entonces su cartera de piel clara en el suelo, apoyada en la parte interior de una de las espesas patas de la gran mesa de roble, pidió permiso a Keitel para ir a telefonear y salió. Comenzó la más corta y tensa espera de su vida al lado de Feilgiebel. Mientras tanto, en la sala de conferencias, Heusinger hablaba; su ayudante Brandt seguía la información, completándola sobre el mapa. Para poder acercarse, empujó la cartera depositada por Von Stauffenberg hacia el exterior de la gran pata de la mesa. Una vez más, la Providencia se hacía hitieriana. Cuando Heusinger acababa de decir: «Si no retiramos inmediatamente a nuestro grupo de ejércitos situados en las inmediaciones del lago Peipus, una catástrofe...», eran las 12 horasy42 minutos exactamente.



El general Schmundt moriria dias despues a causa de las heridas causadas por la explosion



Von Stauffenberg y Fellgiebel dirían más tarde que «el barracón explosionó como si hubiera sido alcanzado por una granada de 155 mm». Algunos cuerpos volaron por las ventanas. Se oían gritos entre los escombros. Aquí y allá brotaban llamas y humo. Sin perder un instante, Von Stauffenberg y su ayudante partieron. Consiguieron pasar los dos primeros controles con la disculpa de necesitar hablar con el jefe del cuerpo de guardia. Desde el tercer control, donde no les dejaban pasar, telefonearon a la «guarida», alegando haber recibido la orden urgente y precisa de ir al aeropuerto. Ante la confusión reinante, el oficial de las SS que se hallaba al otro lado del teléfono, permitió su partida. Por el camino, el teniente Von Haeften desmontó la bomba de reserva, «su» bomba, y la lanzó fuera del automóvil. Pasaban unos minuos de la una de la tarde, cuando despegaban en dirección a Berlín en el mismo avión que los había llevado a la Wolfsschanze.
Atrás, dejaba el cuartel general, donde Fellgiebel no salía de su asombro. Había víctimas, sí; pero incluso el cuerpo tapado que parecía ser el de Hitler, lo era en realidad de su secretario y «doble». El Führer aparecía con la chaqueta rota, el pantalón hecho jirones y la cabellera revuelta, pero en perfecto estado de salud. Parecía el más sereno de todos. A lo largo de la jornada, se balancearía entre el sosiego más o menos aparente y los raptos de cólera clamando por una venganza terrible, como en los tiempos de las SA. Telefoneó a Himmler, que tenía su cuartel general a 25 km de allí, para que hiciese ir desde Berlín a sus investigadores. Dio la orden de detener a Von Stauffenberg, pero Fellgiebel ya había cortado las comunicaciones. Cuando Hitler acudió a recibir a quien ya sólo era Gauleiter de la Alta Italia, estaba eufórico. En vez de asistir a la organización de la victoria como tenía previsto, Mussolini presintió por un momento la derrota final, ante aquel espectáculo de destrucción; pero su protector lo reconfortó rápidamente: si después de aquello continuaba con vida, era porque también era indestructible su misión.



En la madrugada del dia 21, Hitler habla en la radio pra confirmar que el atantado contra el ha fallado



A las cuatro de la tarde, el avión de Wagner aterrizaba en Berlín, con Von Haeften y Von Stauffenberg, encargado ahora de desencadenar la «operación Walkyria» —planeada hacía mucho tiempo— desde el puesto de mando del ejército territorial. Las tropas territoriales debían ocupar los cuarteles de las SS. Mientras el resto de los cabecillas de la conspiración abrían sus respectivas órdenes selladas, el coronel informó al general Fromm, comandante de la plaza:
—«Hitler ha muerto. He sido yo quien ha hecho estallar la bomba. Ha comenzado la operación para el golpe de Estado.»
—«Quién le ha dado la orden?», preguntó Fromm, indignado.
—«El coronel Quirnheim, en nombre de usted.»
—«Será arrestado. Y usted, Von Stauffenberg, haría bien en quitarse la vida.»
—«General: no sólo no me suicido, sino que lo arresto.»

Poco después, llegaba el general Höppner, para ocupar el puesto de Fromm. Sería la única parte del plan cumplida a tiempo. Porque, mientras tanto, el desconcierto se apoderaba de los conspiradores, a medida que el tiempo corría en su contra. Los jefes políticos designados para aquel momento no aparecían. Sospechoso desde hacía tiempo para la Gestapo, Goerdeler había desaparecido pocos días antes del atentado, y nadie sabía su paradero. Tampoco aparecía Witzleben, jefe previsto de las fuerzas armadas. Instalado en el ministerio de la Bendlerstrasse, el viejo Beck, nuevo jefe del Estado, no sabía qué hacer sin ministros. Tampoco lo sabían Von Kleist, Von Hammerstein, Von Wartenburg y Hans Gisevius. Ni siquiera controlaban totalmente la situación militar dentro de la ciudad.
Cierto que en el ministerio de la Guerra estaban detenidos Fromm, el comandante de la región berlinesa Kortsfleisch —quien se había negado a declarar el «estado de sitio» — y el Gruppenführer de las SS, empeñado en protestar por la presencia de un auto blindado ante su cuartel; mas también era cierto que habían fallado no pocas de las acciones relámpago planeadas, que las tropas territoriales se habían limitado a cercar el cuartel de las SS y que nadie había previsto la ocupación de las emisoras de radio.



Von Tresckow



Precisamente fue la radio, en una información emitida a las 6.45 de la tarde, la que hizo cundir el pánico:
«había habido un atentado contra el Führer, pero éste se había salvado y había recibido, a la hora prevista, a Benito Mussolini». Von Stauffenberg rechazaba tal posibilidad: «He visto con mis propios ojos cómo saltaba el barracón. Es una maniobra de Goebbels.»
Goebbels estaba en su despacho del ministerio de Propaganda, cuando el edificio fue rodeado por un batallón de la Guardia, a las órdenes del comandante Remer. Goebbels anunció a Remer que se entregaría personalmente. Cuando el comandante entró en su despacho, Goebbels le pasó el auricular del teléfono: «hable usted personalmente con el Führer», dijo. Y Remer recibió el mando de las fuerzas de Berlín, para dirigirlas contra los conjurados.
Las comunicaciones desde la «guarida del lobo» habían sido restablecidas. Ráfagas de órdenes llegaban a Berlín. Las SS detenían sin remilgos a todos los generales que habían retenido la «operación Walkyria», en espera de la confirmación del atentado.
Aquella misma noche fueron detenidos el coronel Von Stauffenberg, el coronel Mertz, el teniente Von Haeften y el general Olbricht. En el patio de un cuartel de la Wehrmacht fueron fusilados antes del amanecer, a la luz de los faros de una camioneta, mientras la radio emitía la voz del Führer:
«Agradezco a la Providencia y al Creador, no el hecho de haberme salvado la vida, sino el de haberme dado la capacidad de resistir esta prueba y de proseguir mi misión, según mi conciencia.»



Von Stüpnagel



La venganza fue atroz. El 7 y 8 de agosto, se pronunciaron los veredictos sobre los más importantes implicados. Condenados a muerte por el tribunal militar de Berlín, el mariscal de campo Von Witzleben (casi en los huesos después de pasar por manos de la Gestapo), los generales Höppner, Stieff y Von Hase, los oficiales Hagen, Klausing, Bernardis y el conde Peter York von Wartenburg fueron llevados a una celda de la cárcel de Plotzensee desnudos hasta la cintura y colgados de garfios con lazos hechos con cuerdas de piano. Adolf Hitler había dicho que quería a los conspiradores «atados a los hierros, como fardos».
Hasta 7.000 sospechosos fueron detenidos. De ellos, 4.980 fueron ejecutados. La resistencia no era escasa.



Almirante Canaris



Articulo de
Jose Luis Balbin

COMENTARIOS

Mi?rcoles, 28 de enero de 2009

Por Invitado @ 18:23


No se le puede catalogar de resistencia exactamente, quisieron atentar contra Hitler cuando la guerra estaba perdida, antes no.

S?bado, 03 de octubre de 2009

Por Invitado @ 23:30


Lamentablemente fallaron en matar al cabo alem?n.

[email protected]

Viernes, 11 de diciembre de 2009

Por Invitado @ 14:37


tu hubieras atentao antes??no creo,lo que esta claro es que se dieron cuenta de que alemania iba a sufrir mas de lo que deberia e intentaron suavizar el da?o provocado por el nacionalsocialismo y sus lideres